Escuchar a la calle

Publicada originalmente el 3 de abril de 2019 en La Segunda

Hay un aspecto en el cual el segundo gobierno de Piñera ha dado un abrupto giro: el rol de los intelectuales al momento de tomar decisiones políticas. Su primer gobierno estuvo marcado por los “ministros técnicos”, expertos en su área que iban a tomar decisiones sin el nocivo sesgo de la política y la ideología. 

La reciente discusión pública entorno al proyecto Admisión Justa y el control preventivo de identidad muestran que el actual gobierno ha dado un giro en 180° y hoy coquetea con una aproximación a la política más cercana a la del gobierno estadounidense; donde el calentamiento global se desestima porque nevó ayer o se declara una crisis migratoria, aunque las cifras muestran que es la más baja en años. 

Más allá de los costos políticos que esto le pueda traer al gobierno, resulta interesante aprovechar este episodio para reflexionar sobre cuál debería ser el rol de los expertos en la discusión democrática. 

Desde la vuelta de la democracia, hasta no mucho tiempo atrás la discusión pública parecía estar dominada por la tecnocracia. Importantes aspectos de la vida social -como la economía, la educación y la previsión- estaban vedados de la discusión política. La toma de esas decisiones estaba entregada a “los expertos”, quienes por supuesto tomaban decisiones ideológicas bajo el manto de objetividad que entrega la técnica.

Hoy parece que el péndulo ha dado la vuelta de la noche a la mañana. De un momento a otro ya no importan las estadísticas disponibles, no importante la evidencia ni lo que digan los especialistas. Lo único que importa es lo que siente la gente. 

Parece evidente que ambas aproximaciones son una desviación que le hace un flaco favor a nuestra democracia ¿Existe entonces un justo medio al que apuntar? Una democracia madura debería proponerse fomentar una esfera pública en la que los intelectuales y expertos entregan insumos para habilitar una discusión democrática informada y que permita a la sociedad elegir el mejor camino a seguir basándose en la evidencia disponible.

Perder de vista este objetivo puede demostrar ser un error que nos cueste muy caro a futuro.

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