No todo lo que brilla es blockchain

Publicada originalmente el 3 de marzo de 2019 en La Segunda

Blockchain (o cadenas de bloques) es la nueva tecnología en boca de todos. Es prácticamente imposible asistir a alguna conferencia sobre tecnología sin que algún expositor la proponga como solución para desafíos tan diversos como la reforma del sistema de notarios, las vulnerabilidades del voto electrónico y el combate contra la piratería en línea.

El entusiasmo es entendible. Se trata de una base de datos mantenida por una red de computadoras que almacenan, individualmente, una copia de la versión más actualizada; a través de un conjunto de reglas se dicta cómo la red nodos debe verificar las nuevas transacciones y agregarlas a la base de datos. El protocolo que rige la red emplea criptografía, teoría de juegos y criterios económicos, creando incentivos para que los miembros de la red busquen proteger su seguridad en lugar de sabotearla.

Esto resulta en una base de datos de carácter descentralizado, transparente, segura y muy difícil de modificar. Paradójicamente, son estas características las que hacen tan difícil su implementación. El que generalmente se requieran múltiples participantes hace que sea costoso construir y mantener la red, además el carácter inmutable y descentralizado de la base de datos también hace extremadamente difícil rectificar posibles errores. Por último, su rigidez hace costoso y complejo el parchar o actualizar el protocolo ante vulnerabilidades y ataques informáticos.

Por ello no es de sorprender que, en la práctica, las criptomonedas han sido la única tecnología para la cual las cadenas de bloque han resultado adecuadas. Para otras aplicaciones, la evidencia muestra que existen tecnologías más sencillas que alcanzan el mismo objetivo de forma más eficiente, eficaz y económica.

Lo anterior no quiere decir que no exista un gran potencial para el uso de blockchain, sino que debe servir como un llamado de atención. El camino correcto es el de identificar las necesidades que se buscan satisfacer y en función de ello buscar la tecnología que mejor se adecúe a esas necesidades. Buscar implementar una tecnología solamente por ser novedosa, disruptiva o de moda puede transformarse en una versión particularmente cara de poner la carreta antes de los bueyes.

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