La vida bajo el dron

Publicada originalmente el 24 de abril de 2019 en La Segunda

El anuncio sobre la implementación de drones de vigilancia con tecnología de reconocimiento facial ha generado una interesante discusión entorno al balance entre el combate a la delincuencia y el respeto a la vida privada.

Un aspecto menos explorado -pero igual de importante- de este debate, versa sobre la forma en que los sistemas de vigilancia masiva e indiscriminada pueden afectar el desarrollo de las personas más allá de su privacidad.

Una de las particularidades del derecho a la intimidad es que esta funciona como condición necesaria para el ejercicio de otros derechos. Sin privacidad no existe libertad de expresión, asociación, petición u organización. Incluso la libertad de conciencia depende de la existencia de un espacio personal libre de la injerencia de terceros. En otras palabras, la capacidad de autodeterminación va de la mano con la existencia de un espacio de exclusión de terceros; en su ausencia la sociedad deviene en un espacio de absoluto control y colectivización.

La privacidad también se caracteriza por las formas en que se vulnera, ya que no sólo ocurre cuando efectivamente somos grabados, observados o vigilados en nuestra intimidad; sino también cuando comenzamos a evitar ciertos comportamientos, cambiamos nuestra rutina o nos abstenemos de ciertas acciones por miedo a ser vigilados: aquí también se está vulnerando nuestra autonomía.

Entonces, corresponde que como sociedad reflexionemos sobre los efectos que la vigilancia puede tener en la población ¿Quién nos asegura que este sistema no se utilizará para perfilar e identificar a dirigentes sociales? Nadie duda de las buenas intenciones del actual gobierno, pero ¿y si en las próximas elecciones asume el cargo alguna versión criolla de Vladimir Putin o Nicolás Maduro? Si -por distintas razones- ciertos individuos dejan de participar en manifestaciones legítimas por miedo a ingresar a alguna base de datos del gobierno o algún otro tipo de represalia, entonces nuestra democracia se habrá debilitado enormemente.

Por último, vale la pena recordar que, más allá de los aspectos jurídicos, la regulación de la vigilancia siempre responde a la pregunta sobre cuánto poder estamos dispuestos a entregarle a las autoridades políticas a cambio de una efímera promesa de seguridad.

Escuchar a la calle

Publicada originalmente el 3 de abril de 2019 en La Segunda

Hay un aspecto en el cual el segundo gobierno de Piñera ha dado un abrupto giro: el rol de los intelectuales al momento de tomar decisiones políticas. Su primer gobierno estuvo marcado por los “ministros técnicos”, expertos en su área que iban a tomar decisiones sin el nocivo sesgo de la política y la ideología. 

La reciente discusión pública entorno al proyecto Admisión Justa y el control preventivo de identidad muestran que el actual gobierno ha dado un giro en 180° y hoy coquetea con una aproximación a la política más cercana a la del gobierno estadounidense; donde el calentamiento global se desestima porque nevó ayer o se declara una crisis migratoria, aunque las cifras muestran que es la más baja en años. 

Más allá de los costos políticos que esto le pueda traer al gobierno, resulta interesante aprovechar este episodio para reflexionar sobre cuál debería ser el rol de los expertos en la discusión democrática. 

Desde la vuelta de la democracia, hasta no mucho tiempo atrás la discusión pública parecía estar dominada por la tecnocracia. Importantes aspectos de la vida social -como la economía, la educación y la previsión- estaban vedados de la discusión política. La toma de esas decisiones estaba entregada a “los expertos”, quienes por supuesto tomaban decisiones ideológicas bajo el manto de objetividad que entrega la técnica.

Hoy parece que el péndulo ha dado la vuelta de la noche a la mañana. De un momento a otro ya no importan las estadísticas disponibles, no importante la evidencia ni lo que digan los especialistas. Lo único que importa es lo que siente la gente. 

Parece evidente que ambas aproximaciones son una desviación que le hace un flaco favor a nuestra democracia ¿Existe entonces un justo medio al que apuntar? Una democracia madura debería proponerse fomentar una esfera pública en la que los intelectuales y expertos entregan insumos para habilitar una discusión democrática informada y que permita a la sociedad elegir el mejor camino a seguir basándose en la evidencia disponible.

Perder de vista este objetivo puede demostrar ser un error que nos cueste muy caro a futuro.

En defensa de los dispositivos idiotas

Publicada originalmente el 15 de marzo de 2019 en La Segunda

La implementación de los nuevos medidores eléctricos ha generado un importante debate público en torno a las alzas que podrían generar y a quién le corresponde asumir esos costos. Sin embargo, un aspecto importante de estos dispositivos “inteligentes” ha sido dejado de lado: el potencial que tienen para perfilar nuestros hogares.

Existe evidencia de que -con una frecuencia de medición de 15 minutos- es posible inferir la rutina y el comportamiento de una familia, como los horarios en que los ocupantes están en casa, sus hábitos, sus días de vacaciones o incluso aspectos más sensibles sobre la vida privada de las personas. 

Más allá de los nuevos medidores, constantemente le damos la bienvenida a nuestros hogares a nuevos aparatos “smart”: desde sistemas de alarma a refrigeradores, relojes inteligentes y termostatos; cada vez adoptamos más dispositivos que están permanentemente conectados a internet. Esto tiene el potencial de facilitar y hacer mucho más cómodas nuestras vidas, pero también aumenta el riesgo de que estos aparatos y nuestra intimidad se vean comprometidos.

Distintos televisores inteligentes escuchan la conversación de sus usuarios en búsqueda de ciertos términos que permitan enviar publicidad personalizada. Otras empresas inescrupulosas han sido sorprendidas instalando micrófonos en sus productos sin informar al consumidor, incluso recolectando información sensible de menores de edad. Abarrotar nuestra cotidianidad de sensores y cámaras ha significado confiar en que estos distintos desarrolladores no harán un mal uso de la información que recolectan.

Además, hay un aspecto de seguridad asociado a estos aparatos, ya que suelen usar sistemas operativos muy simples, rara vez son actualizados y su mantenimiento se abandona al poco tiempo. El estar conectados a internet los hace blanco fácil para delincuentes informáticos, que aprovechan las vulnerabilidades de estos dispositivos para infectarlos y tomar control de ellos.

¿Por qué un hacker querría tomar control de mi refrigerador inteligente? Básicamente para utilizarlo como palo blanco en ataques cibernéticos de gran escala, generando “botnets” de hasta cientos de miles de aparatos comprometidos que se usan para ataques de denegación de servicio (DDoS) y otras actividades maliciosas.

Es por ello que la próxima vez que queramos adquirir un aparato doméstico vale la pena preguntarse ¿realmente es necesario que esté conectado a internet?

No todo lo que brilla es blockchain

Publicada originalmente el 3 de marzo de 2019 en La Segunda

Blockchain (o cadenas de bloques) es la nueva tecnología en boca de todos. Es prácticamente imposible asistir a alguna conferencia sobre tecnología sin que algún expositor la proponga como solución para desafíos tan diversos como la reforma del sistema de notarios, las vulnerabilidades del voto electrónico y el combate contra la piratería en línea.

El entusiasmo es entendible. Se trata de una base de datos mantenida por una red de computadoras que almacenan, individualmente, una copia de la versión más actualizada; a través de un conjunto de reglas se dicta cómo la red nodos debe verificar las nuevas transacciones y agregarlas a la base de datos. El protocolo que rige la red emplea criptografía, teoría de juegos y criterios económicos, creando incentivos para que los miembros de la red busquen proteger su seguridad en lugar de sabotearla.

Esto resulta en una base de datos de carácter descentralizado, transparente, segura y muy difícil de modificar. Paradójicamente, son estas características las que hacen tan difícil su implementación. El que generalmente se requieran múltiples participantes hace que sea costoso construir y mantener la red, además el carácter inmutable y descentralizado de la base de datos también hace extremadamente difícil rectificar posibles errores. Por último, su rigidez hace costoso y complejo el parchar o actualizar el protocolo ante vulnerabilidades y ataques informáticos.

Por ello no es de sorprender que, en la práctica, las criptomonedas han sido la única tecnología para la cual las cadenas de bloque han resultado adecuadas. Para otras aplicaciones, la evidencia muestra que existen tecnologías más sencillas que alcanzan el mismo objetivo de forma más eficiente, eficaz y económica.

Lo anterior no quiere decir que no exista un gran potencial para el uso de blockchain, sino que debe servir como un llamado de atención. El camino correcto es el de identificar las necesidades que se buscan satisfacer y en función de ello buscar la tecnología que mejor se adecúe a esas necesidades. Buscar implementar una tecnología solamente por ser novedosa, disruptiva o de moda puede transformarse en una versión particularmente cara de poner la carreta antes de los bueyes.

El cepo en la plaza pública

Publicado originalmente el 15 de febrero de 2019 en La Segunda

El alcalde Joaquín Lavín y la cuenta institucional de la Municipalidad de Santiago han adquirido la práctica recurrente de subir fotos de presuntos sospechosos de delinquir en sus comunas a redes sociales. Estas fotografías de personas reducidas, muchas veces ensangrentadas y denigradas van acompañadas de mensajes llenos autocomplacencia sobre la gran labor que los organismos de seguridad vecinal están cumpliendo. Por supuesto, también están cargadas de desdén y desprecio por la persona capturada, a la que ya han declarado culpable y expuesto al juicio público a través de Twitter. 

La implementación de registros públicos como el DICOM del Transantiago o el registro de estudiantes deudores del Fondo Solidario resultan menos escandalosos, pero siguen la misma lógica: el Estado utiliza la exposición pública como elemento disuasivo. Poco importa el efecto a largo plazo que ello pueda significar en la capacidad de las personas de acceder al crédito, el trabajo y la vida social.

¿Qué tienen estas situaciones en común? Por un lado, son un buen ejemplo instituciones públicas que no sólo abandonan su función de proteger la privacidad y los datos personales de los ciudadanos, sino que activamente buscan exponerlos públicamente, usando la humillación y el escarnio público como sanción.

Pero más allá de la legalidad de estas medidas, la utilización del escarnio público como arma constituye una regresión autoritaria que nos retrotrae a una mentalidad medieval. Dejamos atrás la presunción de inocencia, el debido proceso y la proporcionalidad de la pena y nos entregamos de lleno a la vieja práctica de amarrar al acusado al cepo en la plaza pública. Ahí, el “otro” debe ser expuesto a la humillación, escupido y vilipendiado por sus pares, a plena vista del resto del pueblo.

Hoy es internet la nueva plaza en donde nuestros funcionarios electos colocan el cepo y deciden a quienes entregar a las fauces del juicio público. La pregunta es ¿realmente queremos vivir en una sociedad en donde nuestros representantes estén dispuestos a cometer estas bajezas sólo por un par de puntos en las encuestas?

La zanahoria y el garrote digital

Publicado originalmente el 4 de febrero de 2019 en La Segunda

En menos de una semana nos enteramos que una lista con 773 millones de correos electrónicos y contraseñas fue filtrada por Internet, que siete años de documentos del FBI fueron hallados en línea y que la consulta comunal del Parque Padre Hurtado expuso los datos personales de todos quienes participaron en el proceso.

La pregunta obvia es ¿por qué se siguen filtrando nuestros datos? En simple: porque los responsables de resguardar esos datos no pagan las consecuencias. El daño reputacional suele no ser permanente; Equifax, Uber, Dropbox y otras empresas que han sufrido filtraciones de millones de datos de usuarios siguen operando sin problema y sus acciones no sufrieron una merma sostenida en el tiempo. 

Se hace necesario entonces contar con incentivos (garrotes) y estímulos (zanahorias) que permitan enfrentar el problema. Partamos por el garrote: la regulación debe imponer sanciones realmente  disuasivas y que no puedan contabilizarse en su estructura de costos. En la Unión Europea pueden establecerse multas de hasta un 4% de los ingresos anuales de la empresa, un claro incentivo para tomarse la seguridad de los datos en serio.

Ahora, ¿cuántas filtraciones existen de las cuales nunca nos enteramos? Entra en juego la zanahoria. Actualmente existen incentivos perversos para evitar que se hagan públicas las filtraciones de datos. Esto es complejo porque si una organización descubre una filtración de datos y no avisa a sus pares, nadie sale beneficiado.

A nivel comparado se ha avanzado en establecer la obligatoriedad de reportar incidentes informáticos, tanto a la autoridad como eventualmente a las personas afectadas. De esta forma, otros actores saben cuando una falencia en el sistema que utilizan es descubierta y pueden prevenir similares ocurrencias, pasando de la lógica del “sálvese quien pueda” a un círculo virtuoso de compartir información y permitir la prevención.

En Chile se ha avanzado en la obligación de reportar incidentes en instituciones financieras y organismos públicos. El proyecto de ley de datos personales propone una figura similar y lo extiende a cualquier responsable de bases de datos. Lamentablemente, el proyecto aún no sale del Senado (restando aún la Cámara de Diputados) a pesar de haber sido presentado hace casi dos años.

¿De dónde sacaron mi número?

Publicado originalmente el 16 de enero de 2019 en La Segunda

Todos hemos sido víctima de la expresión más recurrente y molesta de la falta de protección de datos personales en nuestro país: las insistentes llamadas que recibimos para ofrecernos créditos, productos y planes. La pregunta que surge al recibir estos llamados siempre es ¿de dónde sacan mis datos si yo nunca se los entregué? 

Nuestra actual ley de datos establece que para tratar los datos personales de alguien se requiere su consentimiento expreso, informado y por escrito. Cosa que la mayoría de nosotros no hemos entregado a las empresas que insisten en llamarnos para ofrecernos sus productos. El problema es que la ley contiene una excepción especial para el marketing directo. Las empresas que realizan comunicaciones comerciales tienen una regla hecha a medida que les permite recolectar y transar libremente nuestros datos. 

El objetivo del proyecto de ley ingresado a comienzos del año 2017 era el de reformar completamente nuestro sistema de protección de datos personales para evitar que las personas quedaran desprotegidas ante este tipo de situaciones. 

Siguiendo el modelo europeo, la iniciativa establece que un tercero puede recolectar y tratar los datos personales de otro cuando cuente con su consentimiento o cuando exista un “interés legítimo” en dicho tratamiento. Distintos expertos le recomendaron al gobierno que el texto estableciera expresamente qué actividades se consideran de interés legítimo, de tal forma de otorgar certeza jurídica y evitar que se transformara en una excepción amplia y difícil de fiscalizar. 

El gobierno accedió a definir taxativamente qué actividades se entenderían como de interés legítimo, pero paradójicamente la regla quedó peor. En el listado cerrado se encuentran actividades que sin duda todos consideramos nobles, como la prevención del fraude, la seguridad informática, la investigación con fines históricos, estadísticos, y científicos, etc. Al final de la lista, sin embargo, está el invitado de piedra… ¡el marketing directo! Las empresas seguirán teniendo manga ancha para contactarnos sin nuestro consentimiento. 

Urge que el gobierno reconsidere esta inclusión o la nueva ley de datos personales se transformará en otro ejemplo de El gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual. 

El lucrativo negocio de las “fake news”

Publicado originalmente el 2 de enero de 2019 en La Segunda

El término “fake news” llegó para quedarse. De momento nos hemos centrado en la responsabilidad de las personas que caen en la trampa de la desinformación y no en las cuestiones que hacen que este tipo de contenido circule y se masifique. 

Parece que como sociedad no nos hemos dado cuenta cómo ha cambiado la forma en que estamos consumiendo contenido y que el modelo de negocios de las plataformas donde este circula ha marcado nuevas reglas del juego para el desenvolvimiento de la discusión pública. 

Las redes sociales se han transformado en una nueva plaza pública, pero en ellas el contenido que se nos presenta no es azaroso, sino que está dictado por un algoritmo en función de nuestras interacciones pasadas. Como el negocio de las redes sociales es perfilarnos para vender publicidad, se obsesionan con que pasemos la mayor cantidad de tiempo posible en su plataforma. 

Basándose en nuestro historial, el algoritmo nos muestra constantemente lo que queremos ver. Esto genera una “burbuja de filtros” en donde a las personas se les confirma constantemente su posición inicial antes que someterla a una sana discusión pública.

Por otro lado, el algoritmo nos bombardea con recomendaciones de artículos similares al que ya le hicimos click. Parte de nuestra naturaleza hace mucho más probable que interactuemos con contenido polémico, extremo o escandaloso. Como ese contenido genera más interacciones, el algoritmo le otorga más visibilidad y difusión. 

Las redes sociales se transforman de esta forma en una gran caja de resonancia y un trampolín para la viralización de contenido polémico, de mala calidad o derechamente falso. Creando así un ecosistema que hace rentable la existencia de medios digitales que explotan este nicho de dudosa legitimidad.

La primera medida para combatir las “fake news” es generar medidas de educación digital que le entregue las herramientas a las personas para distinguir contenido de fuentes dudosas de aquel producido por fuentes confiables. La segunda medida (y el verdadero desafío) es crear un marco regulatorio que ponga fin a los incentivos perversos que están haciendo de la generación de desinformación un lucrativo negocio.

Chile necesita una regulacion de datos personales con dientes

Publicada originalmente el 12 de julio de 2019 en Derechos Digitales

La tierra no es plana, las vacunas funcionan y Chile necesita actualizar su legislación de protección de datos. En materia de políticas públicas digitales, son pocos los temas que generan un consenso tan transversal como la necesidad imperiosa de que nuestro país fortalezca su nivel de protección y resguardo de la autonomía informativa de las personas. 

Así lo refleja un informe del año 2016, publicado por el Departamento de evaluación de la ley 19.628 de la Cámara de Diputados. El documento muestra cómo los representantes de la industria, sociedad civil, academia y distintos organismos públicos no solo creen que es importante modificar nuestra regulación, sino que también consideran urgente la creación de un organismo administrativo que sea capaz de fiscalizar el cumplimiento de la ley y sancionar a quienes infringen sus disposiciones. 

En la actualidad -y más allá de las falencias de la ley 19.628– el principal obstáculo que las personas enfrentan al momento de hacer efectivo su derecho a acceder, rectificar, oponerse o cancelar el tratamiento de sus datos personales es de carácter operativo. La ley establece un procedimiento denominado habeas data, que obliga a los titulares a recurrir a los tribunales civiles ordinarios de justicia. Para una persona común y corriente, esto implica contratar un abogado, invertir recursos y esperar un par de años para obtener ojalá una decisión favorable, con tribunales civiles sobrecargados que además no manejan la especialidad que requiere la protección de datos personales. Incluso, luego de haber superado esta ordalía, las sanciones establecidas por la ley son irrisorias, llegando a un tope de más o menos 3.600 dólares. Para empresas y para el Estado, los más frecuentes infractores, la suma es una sanción insignificante ya que las multas podrían ser fácilmente incorporadas como costos de operación. 

Por lo mismo, nadie se puede extrañar de que este procedimiento haya sido utilizado muy pocas veces, dando pie a la impunidad sobre el tratamiento ilegítimo de los datos personales de las personas chilenas; no porque la privacidad no importe, sino que se ha transformado en un privilegio defenderla. 

Aunque existe consenso en que nuestro país debe contar con una Agencia de Protección de Datos, actualmente existen distintos esquemas institucionales que se pueden implementar; cada uno con sus particularidades, partidarios y detractores.

Qué nos gustaría 

En Derechos Digitales hemos participado del proceso legislativo en distintas iniciativas para reformar la actual ley de datos personales; desde el proyecto presentado por el primer gobierno de Bachelet, la iniciativa que tuvo lugar en el primero gobierno de Piñera y el Boletín 11144-07 presentado en marzo de 2017, durante el segundo gobierno de Bachelet y actualmente en tramitación. 

Sí, es frustrante cuantas veces hemos tenido que empezar desde cero. 

Sobre la institucionalidad de control, nuestra posición siempre ha sido la misma: Chile merece contar con una Agencia de Protección de Datos de carácter administrativa, independiente, especializada y con patrimonio propio. En otras palabras, un modelo normativo similar al que dio origen a la Agencia Española de Protección de Datos, que cuente con independencia de otros organismos públicos para poder ejercer su labor de fiscalización sin presiones políticas externas y cuyas decisiones respondan a estándares profesionales. 

Para cumplir su labor a cabalidad, una agencia de estas características también debe contar con los recursos y atribuciones necesarias. No basta con que la entidad pueda fiscalizar el cumplimiento de la ley por parte de organismos públicos y privados, ni que pueda sancionarlos con multa. También es necesario que cuente con facultades para realizar campañas educativas, mantener registro de las bases de datos existentes, inspeccionar a los responsables de bases de datos, establecer medidas cautelares y coordinar cooperación internacional en el área. Por último, la agencia requiere facultades normativas, para generar jurisprudencia administrativa sobre los alcances e interpretación de la ley; a través dictámenes o resoluciones, ya sea de carácter general o pronunciamientos específicos. 

Originalmente el proyecto de ley creaba un organismo encargado de la protección de los datos personales, dependiente del Ministerio de Hacienda. Pero la creación de un nuevo organismo -independiente, especializado y con patrimonio propio- requiere de una inversión económica importante, que por razones políticas no se encuentra hoy disponible. Así, en julio de 2018 el ejecutivo ingresó una indicación sustitutiva, entregando esta tarea al Consejo para la Transparencia (CPLT), entidad que actualmente tiene la poco específica atribución de “velar” por el cumplimiento de la Ley 19.628 respecto de los organismos públicos, pero ninguna herramienta para hacer efectivo este control.

El problema concreto es que la creación de un nuevo organismo -independiente, especializado y con patrimonio propio- requiere de una inversión económica importante, que por razones políticas no se encuentra hoy disponible.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno

En los últimos meses, la Comisión de Constitución, Legislación, Justicia y Reglamento del Senado ha votado la mayoría de los artículos del proyecto relativos a temas de fondo –con algunos resultados no del todo satisfactorios desde nuestro punto de vista. Es posible que en las próximas semanas se revise lo relativo a la Agencia de Protección de Datos Personales: su institucionalidad, atribuciones y recursos. 

Al tratarse de la creación de un nuevo organismo público, este aspecto de la ley solo puede modificarse por iniciativa del Presidente de la República. Sin embargo, al no existir consenso respecto a qué organismo público debe convertirse en la nueva Agencia de Protección de Datos, es probable que se genere un intenso debate.  

Las alternativas parecen ser dos: un nuevo organismo público especializado en protección de datos personales que dependa de un ministerio, o entregarle esta atribución al CPLT. Como todo en la vida, ambas opciones tienen cosas a favor y en contra. 

La creación de un organismo nuevo tiene la fortaleza de que esta nueva institución tendría un carácter especializado, compuesto exclusivamente por expertos en materia de protección de datos personales. En este sentido, se podría asegurar que las decisiones estarían fundamentadas bajo criterios técnicos y serían tomadas por profesionales del área. 

Sin embargo, en cuanto al nivel de autonomía del organismo, este solo contaría con un nivel de “independencia funcional”, similar a la que cuenta la Fiscalía Nacional Económica respecto del Ministerio de Economía. Es posible argumentar que este nivel de independencia es suficiente; después de todo, la Fiscalía Nacional Económica ha funcionado bastante bien. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre ambos organismos: a la Agencia de Protección de Datos Personales le corresponderá conocer, decidir y sancionar casos concretos donde haya una contienda respecto al cumplimiento de la ley de datos personales por parte de un responsable de bases de datos. En este sentido, tiene sentido que dicha agencia tenga un nivel de autonomía más similar al Tribunal de Defensa de la Libre Competencia que el de la Fiscalía Nacional Económica. 

Esto es particularmente relevante si tenemos en consideración que el mayor recolector, almacenador y procesador de datos personales es el Estado. No solo en términos de cantidad de datos, sino que también es el que maneja más datos de carácter sensible y muchas veces ha sido el más negligente en el resguardo y manejo de esos datos. Por lo mismo, se vuelve esencial que la labor de la agencia este exenta de eventuales presiones políticas externas. Si el día de mañana un importante organismo público sufre una filtración de datos personales que le signifique una multa millonaria, necesitaremos un organismo de control que sea inmune al telefonazo de su superior jerárquico. 

Optar por el CPLT implica enfrentar el problema contrario. El Consejo cuenta con altos niveles de independencia y autonomía, y una legitimidad asentada frente a la ciudadanía y el poder político, pero desde su creación su labor ha estado enfocada en materializar los principios de acceso a la información pública y la transparencia en la actuación del Estado. Si bien es cierto que el acceso a la información pública y la protección de datos personales no son materias necesariamente excluyentes, se trata de áreas del derecho que tienen sus propios principios y particularidades. Los expertos que han sido formados profesionalmente en una de ellas pueden contar con un sesgo profesional. 

Creemos que esto puede evidenciarse en algunas decisiones del Consejo en las que no concordamos con la ponderación entre el resguardo de los datos personales de los titulares y el derecho de los ciudadanos de acceder a la información pública. Algunos casos de lo anterior han sido: la entrega de información estadística por parte del INE, el acceso a los correos electrónicos de funcionarios públicos y la entrega del listado de nombres de dominios administrado por NIC Chile.

Frente a las condiciones actuales, la mejora en la protección de los datos personales en Chile necesariamente pasa por priorizar la evaluación independiente acompañada de un reforzamiento sobre la especialidad; asegurar que la futura autoridad de Protección de Datos Personales pueda operar con autonomía y exenta de presiones en sus pronunciamientos es crucial. Un criterio similar puede encontrarse en el Reglamento General de Protección de Datos, el que al momento de determinar si un país cuenta con un “nivel adecuado de protección” se da prioridad a que cuente con una agencia independiente.  

Para ello el mecanismo de conformación de la institucionalidad requiere ser modificado con el fin de adecuarse a sus nuevas atribuciones. En este sentido sería positivo que el número de consejeros se aumentara a seis, a fin de que se convocara a tres expertos en protección de datos personales y tres expertos en acceso a la información pública.

De esta forma, el Consejo podría operar con dos salas especializadas de funcionamiento permanente. Para poder mantener un criterio unificado al momento de ponderar privacidad y transparencia, cada sala podría integrarse por tres consejeros: dos de ellos de la competencia de la especialidad de la sala y un tercero de la especialidad de la otra sala que podría ir rotando. De esta forma se puede fortalecer el criterio técnico en la disciplina respectiva, favoreciendo la uniformidad en la aplicación e interpretación de la ley. Además, para evitar que consejeros que provengan del mundo privado queden implicados por conflictos de interés en materia de fiscalización de empresas que tratan datos personales, también es necesario un régimen de inhabilidades como el contemplado en el proyecto de ley.

Por otro lado, siempre existe la posibilidad de transformar los desafíos en una oportunidad. Tener una misma institución encargada de velar por el acceso a información pública y la protección de datos personales -como sucede en Inglaterra- permitiría contar con un criterio unificado en esta materia. Por el contrario, contar con dos instituciones separadas podría generar el riesgo de decisiones contradictorias

No cabe duda de que será un desafío importante que el CPLT alcance un equilibrio al presentarse casos que enfrenten la protección de los datos personales de los ciudadanos con el derecho a acceder a la información pública. Sin embargo, es un objetivo que se puede alcanzar con el tiempo y con los reforzamientos en presupuesto y capacidades para el CPLT que hemos enfatizado a lo largo del texto. Por otro lado, una institucionalidad que no cuente con independencia y autonomía desde su concepción no podrá sacudirse nunca esta falencia y por tanto no podrá proveer a la ciudadanía mejor protección que la que gozan actualmente sus datos personales. 

¿Voto por Internet? No, gracias

 Publicado originalmente el 17 de diciembre en La Segunda

El reciente bochorno en las elecciones internas de la UDI, sumado al episodio vivido en Ciudadanos han demostrado más allá de toda duda que el voto electrónico no cumple concriterios de seguridad y auditabilidad para transformarse en un sistema viable para nuestra selecciones nacionales. Sin embargo, sus promotores han repetido un punto que hasta elmomento no ha sido sometido al debido análisis: que el voto por Internet promueve laparticipación electoral.

Parece de sentido común pensar que si las personas pueden votar sin salir de sus casas, entonces la participación electoral debería aumentar. Sin embargo, las políticas públicas debenestar basadas en evidencia, y no en meras intuiciones y prejuicios. De hecho, en este caso laevidencia sí existe: el efecto del voto electrónico en la participación electoral ha sido objeto de estudio en múltiples ocasiones.

Luego 15 años de elecciones locales virtuales en Ontario, el incrementó en la participación fuede tan solo 3,5%. En Estonia, tras diez años y cuatro elecciones, la variación de la participaciónno superó el 2,5%, al borde del error estadístico. De igual forma, la votación parlamentaria de Noruega en 2010, efectuada de forma electrónica y remota, no produjo un cambio significativo en el número de votantes.

Por otro lado, pensemos en aquello que la votación remota no puede garantizar: el carácter secreto del voto. La posibilidad de marcar una preferencia en solitario, al interior de una caseta especialmente dispuesta para ello, sin que nadie pueda conocer nuestra opción, protege a los votantes del cohecho y las presiones externas. El voto vía internet es incapaz de garantizar este aspecto fundamental del proceso eleccionario. Sin este resguardo, podemos ser víctimas de presiones indebidas por parte de nuestro empleador o círculo familiar, o incluso de la tentación de vender nuestro voto por necesidades económicas.

Combatir el abstencionismo electoral pasa por entender sus causas de fondo, no por evadir eldebate con recetas mágicas. De momento, el voto electrónico nos pide sacrificar el secreto delvoto a cambio de una promesa de participación que no es capaz de cumplir. Un mal negociopara Chile.